
Mucho se ha hablado últimamente de los tristes incidentes acontecidos en Salt, pequeño municipio catalán de unos 31.000 habitantes y cercano a la capital de provincia, Girona. Allí, un creciente clima de tensión generado aparentemente por la inseguridad ciudadana, el cual, pese a llevar tiempo existiendo, no se ha sabido gestionar debidamente a tiempo, ha terminado por dividir y confrontar a gran parte de sus ciudadanos. Y remarco la palabra aparentemente porque los orígenes de dicha disputa sobrepasan por mucho el ámbito de la seguridad, arraigándose en problemas de índole social, cultural e identitaria. Las causas, explicadas por la alcaldesa Iolanda Pineda en una entrevista concedida al periódico El País, parecen fáciles de comprender, pero no así de solucionar: un importante y vertiginoso crecimiento de la inmigración, que aumentó del 6% al 43% en sólo diez años, junto a la aparición de nuevos métodos delictivos más violentos (que si bien no incrementan los índices de criminalidad, sí que generan una mayor sensación de desamparo), sumado a unas elevadísimos índices de paro, ha conseguido todo junto quebrar la tranquilidad de los vecinos.
No obstante, es demasiado fácil dividir a los implicados de dicho conflicto en dos únicos bandos, autóctonos e inmigrantes, para luego dejar que cada persona escoja a cual otorgar el papel de víctima y cual el de verdugo. De esta manera, tal y como señala Lluís Bassets en su blog, es recurrente caer en el tópico de acusar a unos de ladrones y a otros de racistas cuando realmente todos se encuentran, cada uno por motivos diferentes, en el incómodo sitio del perjudicado. Es por ello que no puedo apoyar, pues, el argumento del extranjero malo ni el del europeo intransigente. Y es que, aún partiendo de la tesitura de que las costumbres, cultura y acento de un inmigrante difieren de los de un occidental, si el foráneo se encuentra integrado en el sistema social éste seguirá compartiendo la mayoría de problemas y preocupaciones con el europeo. El auténtico problema, pues, reside en el protagonismo del que se han agenciado diversas élites radicales, queriendo alardear de representar el islam más puro y llegando incluso a recibir el consentimiento de las instituciones catalanas para actuar como representantes del mundo islámico.
De esta manera, no se hace complicado asociar equivocadamente inmigración con fundamentalismo, e incluso con delincuencia, pero hay que tener muy presente que gran parte de los colectivos de inmigrantes no sólo aspiran cívicamente a poder tener voz propia, sino que además rechazan ser representados por asociaciones religiosas. Siendo esto así, el punto de mira no debería situarse en la confrontación entre vecinos y emigrados sino en la necesidad de facilitar a éstos últimos su participación activa en la nueva sociedad en la que viven, desposeyendo al mismo tiempo de sus privilegios a aquellos sectores extremistas. Así, se conseguiría por un lado una correcta integración, mientras que por el otro, se evitaría el surgimiento de corrientes radicales. Unas corrientes que, sin duda, no benefician en nada a nuestra democracia, pero que, una vez más, tampoco lo hacen con aquellos inmigrantes (la mayoría) con voluntad de formar parte, aún sin olvidar sus raíces, del nuevo país que integran.

Conforme aumente el paro, se verá en la inmigración una fuente del problema “hay poco trabajo y los inmigrantes nos lo quitan”.
Como no se frene la hemorragia de destrucción de empleo esto va a ser una olla a presión que vamos a ver por donde salta.
Los inmigrantes, de manera natural, tienden a irse cuando las cosas empeoran.
Es un problema mental, nadie vera a Tonaldo como un inmigrante, cuando lo que hacen Ronaldo y el inmigrante pobre en esta sociedad es lo mismo. Tambien consumen e inflan el PIB.
Si se van de golpe 1 millón de inmigrantes nos destrozan el PIB y se produciría una nueva oleada de cierres de empresas y paro.
Hola, escribía para comentar que hemos puesto en marcha una revista digital sobre actualidad internacional (www.miradasdeinternacional.com)
Saludos
Pues sí rcalber, el paro es un factor muy importante. Unos índices bajos del mismo ayudan a que los inmigrantes no sean vistos como una amenaza y a que éstos se integren con más facilidad. Las sociedades deprimidas siempre favorecen la creación de guettos (algo que, con una inmigración del 43%, sería francamente preocupante) y la delincuencia, a la que muchos inmigrantes podrían caer por pertenecer mayormente a clases desfavorecidas, retroalimentando así la maquinaria xenófoba. También es cierto que su consumo favorece bastante nuestra economía, pero para ello es importante que dispongan de empleo. El riesgo de “fugas” masivas no creo que exista como tal, pueden haber movimientos interiores hacia regiones con más oportunidades, pero incluso para aquellos inmigrantes de primera generación el cambiar de país no suele ser una opción recurrente. Primero, porque es frecuente que ya hayan echado raíces aquí y formado incluso una familia; y en segundo término, porque tampoco disponen de recursos para arriesgarse a realizar otra migración larga sin ni siquiera un puesto de trabajo garantizado.
Jaime, gracias por el recordatorio, lo añado a la lista de sitios de interés y lo seguiré además de cerca, porque realmente creo que es un sitio que bien merece la pena consultar.
Saludos