
Las emociones, inherentes en el ser humano, siempre han estado presentes en las personas, aunque pocas veces se ha hecho un esfuerzo por comprenderlas. Actualmente, esto está empezando a cambiar, pues en una era donde el conocimiento de la mente -la gran desconocida de nuestro cuerpo humano- está suscitando gran interés dentro de las comunidades científicas e incluso filosóficas, éstas parecen ofrecer interesantes respuestas sobre el funcionamiento interno de nuestro cerebro. Los campos de investigación son grandes y extensos. La influencia de las emociones en el ámbito político, es uno de ellos.
Dice George E. Marcus, profesor de Ciencias Políticas de la Williams College y autor de The sentimental citizen, que las emociones nos ayudan a resolver juicios y decisiones (seguramente aquellas en las que la razón no se atreve a emitir un juicio certero), además de estar vinculadas con la memoria, dado que tenemos mayor facilidad para recordar aquello que nos suscita elevadas impresiones. En términos políticos, entre otras cosas éstas favorecen la fidelización de los votantes y es un útil elemento cohesionador de grandes multitudes. Precisamente sobre este aspecto es interesante la lectura de Jonathan Haidt, investigador de la Universidad de Virginia, donde trata de analizar las causas, desde un punto de vista moral y emocional, que llevan a los ciudadanos norteamericanos a votar al Partido Republicano en vez del Demócrata.
De él se extraen interesantes conclusiones, como que la convivencia social se sustenta sobre dos modelos que no necesariamente deben ser excluyentes: el del filósofo Stuart Mill, de carácter más liberal e individualista, tiene como mecanismos morales implícitos la idea de igualdad y la del establecimiento de normas en la medida que eviten la capacidad de las personas de dañar y ser dañadas; y el del sociólogo Émile Dunkheim, donde los conceptos de grupo, autoridad y santidad prevalecen. Curiosamente, los republicanos suelen abarcar un espectro moral mayor que los demócratas (los primeros suelen conjugar mejor ambos modelos, mientras que los segundos solo suelen atender al de Stuart Mill) y conseguir de este modo despertar el interés de un mayor número de personas diferentes. Por otro lado, mientras que los republicanos suelen convencer con el corazón (los sentimientos), los demócratas prefieren hacerlo con la cabeza (la lógica). Algo que, en política, parece en muchos casos ser inefectivo.
Sea esto cierto o no, sin duda las emociones suelen conseguir a menudo penetrar en las personas de una manera más directa, irracional y efectiva que muchos razonamientos. De hecho, si buscamos los índices de popularidad de los presidentes americanos durante el último medio siglo, nos encontraremos con lo siguiente:
Sorprendentemente, George Bush padre e hijo, pese a sus controvertidas intervenciones armadas, consiguieron puntualmente popularidades igual o cercanas a las del que ha sido considerado como uno de los presidentes más ejemplares de Estados Unidos, J.F.Kennedy. Ahora bien, este gráfico induce al error, pues si realmente observamos los índices de popularidad de G.Bush hijo durante sus dos mandatos, las cifras son completamente distintas:
Con unos índices de popularidad más bien bajos, y pese a existir una tendencia a ir a la baja, hay dos grandes puntos de inflexión donde la popularidad del ex presidente tejano se incrementa fuerte e inesperadamente: el primero de ellos (tercera columna por la izquierda) corresponde al mes de setiembre de 2001, fecha en la que se produjeron los trágicos atentados del World Trade Center. En este caso, un discurso altamente moralizante donde se destaca a EEUU como encarnación de los valores occidentales, se aboga por la unión y tradición cristiana y se remarcan la fortaleza de la economía y las instituciones norteamericanas, Bush consiguió en dos meses incrementar en un 40% su popularidad hasta situarse hasta un prácticamente insuperable 90%.
En el segundo de los casos (octava columna por la izquierda), cuando su popularidad volvía a acercarse al 50%, el ex-presidente americano consiguió de repente volver a incrementar sus índices hasta sobrepasar el 70%. Era marzo de 2003, fecha en la que la coalición liderada por EEUU invadió Irak. Pese a que en este caso la operación militar fue mucho más discutida, ya que no quedó claro en ningún momento que el gobierno de Sadam Hussein supusiese una auténtica amenaza para Washington, y pese a no contar con el consenso de las Naciones Unidas, los ciudadanos de norteamérica volvieron a dejar de lado gran parte de sus diferencias para hacer frente a un peligro exterior. Algo nada sorprendente, pues es un principio básico de supervivencia en la Naturaleza.
De hecho, si escuchamos el discurso que ofreció a la nación para anunciar la intervención, los mensajes ideológicos son numerosos y explícitos: palabras como deber, honor, sacrificio, servicio, mezcladas con otros términos como paz, liberación, respeto (hacia el pueblo iraquí), parecen querer justificar la ofensiva más desde un punto de vista moral que no político. Es significativo también, cómo Bush incluso llega a referirse a Saddam como alguien totalmente carente de honor al afirmar que éste ha situado sus tropas entre población civil para que les sirvan de escudos humanos. Con toda esta terminología, se consigue deshumanizar al enemigo desatribuyéndole de emociones, al tiempo que se pretenden realzar las propias.
No obstante, el ejemplo más claro de tratamiento emocional en política lo tenemos probablemente en la figura de Barack Obama, ex-senador de Illinois, que ha conseguido, en un hecho casi sin precedentes, por su rapidez y efectividad, pasar de ostentar un cargo discreto a llegar a ser el huésped de la Casa Blanca. Mucho se puede hablar de la campaña que lo propulsó hasta lo más alto, pero resulta curioso ver algunos de los medios que usó para ello:
Sin duda, mucho ayudó el poder disponer de una financiación sin precedentes y en usar canales alternativos y de fácil difusión. A pesar de ello, no hay que olvidar en qué se basa el mensaje electoral que se encuentra más allá del Yes, we can, pronunciado intencionadamente en forma de canción para despertar las emociones de las personas: ”Hope”. Y es que, si por algo se ha caracterizado Obama ha sido por basar su éxito en los sentimientos y las ilusiones de sus votantes por encima de propósitos presidenciales tangibles pues, a pesar de que éstos formaban parte también de sus discursos, sus palabras siempre han pretendido emocionar más allá de convencer.
También es cierto que el primer presidente de color de Estados Unidos se ha enfrentado en sus primeros meses de mandato a temas tan polémicos como la reforma financiera, la investigación con células madre, la retirada de tropas de Irak o la reforma sanitaria. Ahora bien, ¿justifica esto su decreciente popularidad?
Parece una cuestión difícil de resolver. Dice Mortimer B. Zuckerman en un artículo lo siguiente:
Barack Obama was undoubtedly sincere in what he promised, even if his promises were within the normal range of political exaggeration. The first trouble is that his gift for inspiration aroused expectations, stoked to unprecedented heights by his own staff, that he would solve the climate crisis on Monday, the jobs crisis on Tuesday, the financial crisis on Wednesday, the education crisis on Thursday, Afghanistan on Friday, Iraq on Saturday, and rest on Sunday.
Y de hecho tiene gran parte de razón. Los ciudadanos están impacientes porque creen que en una semana se pueden solucionar todos los problemas del país. Quizá este es el gran problema del uso indiscriminado de las emociones: su volatilidad. Precisamente por su intrínseco carácter espontáneo, puntual y efímero (¿alguien podría estar plenamente contento, o triste, o enfadado, durante una semana, un mes o un año entero?) es fácil que con ellas se produzca un efecto espuma, donde las expectativas, promovidas por las emociones, otorgan a sus líderes una popularidad irreal, imposible de alcanzar mediante el uso de la razón. Quizá esta tendencia a la baja no sea realmente un descontento popular y generalizado, sino un recalibramiento natural donde la popularidad vuelve a mostrar sus índices reales.
Sea como fuere, las emociones parecen ser una increíble herramienta para tomas de decisiones a corto plazo, donde la intuición predomina, y demuestran convertirse en unas malas consejeras para las decisiones a medio y largo plazo, donde la razón impera. Es por ello que en las campañas políticas son casi omnipresentes, mientras que durante los mandatos presidenciales, si bien sirven para unir a la población en momentos puntuales, éstas parecen comportarse posteriormente como un arma de doble filo. Por eso, seguramente quien en un futuro próximo sepa comprenderlas y hacer mejor uso de ellas dispondrá de mayores posibilidades de imponer sus acciones sobre el resto. Ahora, más que nunca, las emociones están en manos de la ciencia.




Me ha gustado bastante este análisis. Mencionas Obama y los discursos y ya tienes mi atención. Hace poco leí algunos discursos de Kennedy y lo cierto es que Obama aporta poca cosa nueva al género. Su magnetismo y gran oratoria, eso sí, hay que saber transmitir. De nada vale tener buenos discursos sin esa facultad. Quizás hubiera estado bien analizaras algún discurso, en otra ocasión. Sería bueno comparar el discurso pronunciado en New Hampshire con el que pronunció en el debate sobre el estado de la Unión. En mi opinión, son los dos mejores que ha pronunciado.
Saludos
Hola Jaime, agradezco tu observación. De hecho estuve tentado de analizar alguno de sus discursos, pero decidí hacerlo en un capítulo a parte porque creo que merecen como mínimo una entrada entera. Alguno llegué a leer, aunque no recuerdo cual. Lo que sí que considero interesante, es que precisamente sus raíces extranjeras creo que le han ayudado a fomentar la unión del país desde una vertiente más social y menos nacionalista, promoviendo el sentimiento identitario quizá en aquellos sectores donde éste suele estar menos arraigado (inmigrantes, clases bajas, etc.)
En cualquier caso, anoto tus ideas de tratar los discursos de New Hmpshire y el referente al estado de la Unión.
Saludos