
Goodluck E. Jonathan con el anterior Primer Ministro de Israel, Ehud Olmert
Nigeria, país situado en el occidente africano y poseedor del mayor número de población del continente, ha sido noticia últimamente por los conflictos acaecidos entre fieles de diferentes creencias entre enero y marzo del presente año, dejando tras de sí centenares de muertes en ambos bandos. Las disputas se produjeron en el distrito de Plateau y, específicamente, alrededor de Jos, su capital. Parte del problema deriva de que esta región central delimita difusamente las áreas de influencia de los musulmanes (60%), por un lado, y de los cristianos y animistas (40%) por el otro, que habitan en esta república federal. Así pues, la pugna por el control de las tierras y de sus recursos es una causa directa de dichas confrontaciones étnico-religiosas. No obstante, estas persecuciones mutuas llevan repitiéndose cíclicamente desde hace prácticamente una década, siendo en realidad parte de otros sintomáticos y preocupantes problemas arraigados en todos los niveles de la sociedad.
Uno de los males más llamativos e importantes es la pobreza, realidad que contrasta frontalmente con la prolífica producción de crudo del país, el cual alcanza a ser el octavo exportador a nivel mundial. La mala gestión y la malversación del dinero se perfilan pues como una de las principales causas de las enormes diferencias sociales y, de hecho, los datos de Transparency International pertenecientes al año 2009 situan a Nigeria en el puesto número 130 de países corruptos, junto a otros estados como Mauritania o Mozambique. Estos hechos han favorecido a su vez el surgimiento de grupos armados que aspiran a controlar parte de un capital generado gracias a la explotación de varias regiones que, pese a contribuir en el desarrollo económico del país, siguen sin recibir las inversiones necesarias para desarrollarse.

Tratamiento de crudo en el delta del Níger
Estas organizaciones delictivas, las cuales basan sus actividades en sabotajes, secuestros, asesinatos y confrontaciones con el Ejército, no sólo incrementan la inestabilidad social, sino que además ahondan en la fragilidad política del país, sobre el cual existe desde hace tiempo una palpable carencia de autoridad. Dicha situación empeoró todavía más durante los últimos meses, pues a la ya de por sí ineficacia institucional se le sumó la enfermedad del primer ministro, Umaru Musa Yar’Adua, que tuvo que ceder el mandato a su vicepresidente, Goodluck Ebele Jonathan. Sobre él recayó precisamente la responsabilidad de detener las recientes matanzas de Plateau, ante las cuales mostró una gran inoperancia. De hecho, ayer mismo se conoció la decisión del presidente en funciones de disolver el Gobierno, en un intento de volver enderezar la situación del Ejecutivo.
A todo ello, se le deben sumar las reiteradas vulneraciones de los derechos civiles. Nigeria, que empezó a aplicar la sharía en 2001, castiga la homosexualidad con penas de muerte. También hay numerosos casos de juicios arbitrarios, en los que se llega a dictar ejecuciones a acusados que cometieron delitos sin haber alcanzado todavía la mayoría de edad. Las persecuciones políticas, las torturas y las extorsiones parecen ser también prácticas habituales. Además, las propias fuerzas del orden suelen recurrir al asesinato, quedando en la mayoría de los casos impunes. Finalmente, los problemas ambientales derivados de vertidos y emisiones de gas sin control en zonas con una fuerte presencia de empresas petrolíferas, como la correspondiente al delta del Níger, agravan todavía más la salud de una población deprimida y abandonada por un Gobierno que, mientras tanto, obtiene de las ventas del oro negro más del 98% de las divisas de la nación.
